Todos los buscadores encontraron al final una semilla de luz por la que brotó su destino, su afán de otorgar un sentido a la existencia. Muchos llegaron a respuestas tan valiosas que sus corazones se llenaron de gozo y llenaron de gozo otros . Comprendieron el mensaje de esos maestros incansables y lúcidos que apostaron por la Verdad. Hay tantas enseñanzas que da miedo aceptar una sola y posiblemente no sea lo más adecuado. Sin embargo, una sola esencia llena el camino del espíritu, una sola esencia alimenta el despertar, de los que apuestan por ser ciudadanos del nirvana sereno de la sabiduría. El corazón puro anhela su sueño de beatitud, lo encuentra y duerme en él plácidamente. Los verdaderos iluminados conocen su destino, es decir, saben que no hay destino por conocer. El presente es la única y última verdad, la meditación nos otorga la forma idónea de adentrarnos en el ahora, en ‘lo que es’, en ‘lo que somos’. No somos más que lo que nos muestra el espejo de lo real, un universo visto desde una ventana concreta, una visión del Todo en nosotros, desde nosotros. No se puede ir más allá, al menos en el tiempo existencial de nuestra dimensión humana. Ser humanos  conlleva sufrimiento. En la indagación de nuestro dolor llegamos al conocimiento, nos convertimos en testigos de la experiencia, no en experimentadores, y así, nuestra visión adquiere una perspectiva de lejanía desde la cual resulta más fácil ver la realidad total y no una porción subjetiva de la misma.

La meditación en general, consiste en estar atentos en la inacción, es la acción del no hacer, supone una concentración tan profunda que se mueve en la vacuidad, todo fenómeno es observado, pero no analizado. El instante se convierte en una danza de éxtasis, un samadhi o satori, una sinfonía a la que asistimos como espectadores, sin conocer su comienzo ni su final. Un espectáculo vivenciado,  nubes en el cielo, en cambio constante y aparentemente eternas. Nada nace ni muere realmente, sino que es un mismo fenómeno al que hemos llamado de distinta forma. Los caminos del alma son ilimitados. La búsqueda es un prodigio por sí mismo, sentir en el presente la semilla de un nuevo comienzo que nos acerque algo más a la verdad intuida. La revelación se convierte de esta forma en un fenómeno de luz sin precedentes, en un salto prodigioso hacia la realización plena, comprendiendo de forma nítida y verdadera aquello que antes no alcanzábamos a ver. Ahora es tan real que se vivencia sin interpretación alguna.

José Manuel Martínez Sánchez